OPINIÓN: Transfuguismo, clientelismo y los límites del poder.

Cuando las bancas se vuelven personales.

El caso de la senadora Nancy Miranda invita a reflexionar sobre una práctica cada vez más naturalizada en la política argentina: dirigentes que llegan al poder representando a un partido, se apartan de sus compromisos políticos y continúan ejerciendo la representación como si se tratara de un patrimonio personal.

El transfuguismo político no es un fenómeno nuevo. Tampoco es patrimonio de una determinada fuerza. A lo largo de nuestra historia democrática hemos visto legisladores cambiar de bloque, abandonar partidos e incluso terminar acompañando a gobiernos contra los cuales habían competido electoralmente.

La pregunta que deberíamos hacernos no es solamente si esas decisiones son legales, sino hasta qué punto resultan legítimas frente a quienes depositaron su confianza en una propuesta electoral.

La Constitución de Entre Ríos reconoce en su artículo 29 a los partidos políticos como instituciones fundamentales del sistema democrático y les confiere la facultad exclusiva de postular candidatos a cargos electivos. Sin embargo, una vez que el candidato accede al cargo, el ejercicio de la representación adquiere una autonomía que, en la práctica, le permite conservar su banca aun cuando abandone el proyecto político que lo llevó hasta allí.

Existe, entonces, una tensión entre dos principios democráticos: la libertad de conciencia del representante y el respeto por la voluntad electoral expresada a través de una propuesta partidaria.

Ningún legislador debería estar obligado a votar contra sus convicciones. Pero tampoco debería considerar que los votos recibidos constituyen un cheque en blanco para modificar sus compromisos sin dar explicaciones.

El caso de la senadora provincial Nancy Miranda, representante del departamento Federal, resulta particularmente ilustrativo.

Electa por el peronismo para un tercer mandato, Miranda acompañó la reforma previsional impulsada por el gobierno de Rogelio Frigerio, pese a la posición adoptada por su partido. Posteriormente, en agosto de 2026, abandonó el bloque justicialista y constituyó un monobloque denominado Frente Cimarrón. Finalmente, el 10 de septiembre, el Partido Justicialista resolvió expulsarla de sus filas.

La legisladora sostuvo que su acompañamiento al oficialismo respondió a la necesidad de introducir modificaciones en el proyecto previsional y defender intereses de su departamento. Es una explicación que merece ser considerada, pero que no clausura el debate sobre el mandato recibido.

Porque una cosa es ejercer independencia de criterio y otra, muy diferente, es que las alianzas políticas terminen desdibujando por completo la identidad con la que se solicitó el voto.

Pero el caso Miranda permite avanzar hacia un problema todavía más profundo: la confusión entre representar a los ciudadanos y convertirse en administrador personal de sus necesidades.

En agosto, la propia senadora anunció públicamente que, a partir del 1 de septiembre de 2026, dejaría de afrontar determinados pagos de alquileres y servicios de luz, gas e internet que venía realizando para particulares e instituciones.

El mensaje merece una reflexión que va mucho más allá de la decisión de continuar o suspender esos aportes.

¿Por qué necesidades tan importantes como sostener una vivienda, pagar servicios básicos o mantener el funcionamiento de una institución terminaron dependiendo de la voluntad económica de una dirigente política?

La asistencia a personas vulnerables puede ser un acto genuino de solidaridad. Pero cuando se convierte en una práctica sistemática alrededor de una figura política, aparece el riesgo de construir relaciones de dependencia.

Y cuando esos beneficios se distribuyen en función de afinidades personales, pertenencia partidaria o fidelidad militante, dejamos de hablar de solidaridad para ingresar en el terreno del clientelismo político.

No podemos afirmar, sin pruebas, que todas las ayudas otorgadas por Miranda hayan estado condicionadas políticamente, ni que provinieran de fondos públicos. Pero su propio anuncio vuelve legítimo preguntar cómo funcionaba esa red de asistencia, quiénes eran sus destinatarios y por qué su continuidad dependía de una decisión individual.

La diferencia es fundamental: un derecho no puede depender de la simpatía de un dirigente, ni la necesidad de una familia convertirse en instrumento de construcción política.

La representación legislativa debe servir para gestionar políticas públicas, promover soluciones colectivas y controlar al Estado, no para reemplazar las instituciones por un sistema de favores que comienza y termina según la voluntad de quien ocupa el cargo.

También resulta inquietante otro aspecto de esta historia.

En octubre de 2023, el entonces intendente de Federal, Gerardo Chapino, denunció haber sido agredido en la sede del Partido Justicialista, en medio de una disputa electoral interna. Las crónicas de aquel momento describieron un enfrentamiento con militantes cercanos al sector de Miranda. La senadora negó que se hubiera producido una agresión física.

Más recientemente, en septiembre de 2026, nuevas denuncias policiales por presuntas agresiones y amenazas involucraron a su pareja, Hernán Rivarola, en un conflicto con dirigentes de Federal. Estos hechos deben ser esclarecidos por la Justicia, sin atribuir responsabilidades penales a quienes no hayan sido juzgados.

Sin embargo, los episodios plantean una preocupación política que no puede ser ignorada: la violencia, la intimidación y la intolerancia frente al disenso son incompatibles con cualquier proyecto que pretenda representar democráticamente a la sociedad.

Esa condena debe valer para todos, incluso cuando los destinatarios de las amenazas sean los propios dirigentes o sus familias.

También existen cuestionamientos públicos sobre contrataciones y adscripciones estatales relacionadas con el entorno de la legisladora. Son situaciones que requieren documentación, explicaciones y control institucional. No corresponde convertir denuncias en condenas anticipadas, pero tampoco naturalizar que los vínculos personales con el poder queden fuera del escrutinio público.

El problema de fondo es una cultura política que ha terminado confundiendo los cargos con las personas, las gestiones con los favores y la lealtad democrática con la obediencia a un dirigente.

Una cultura en la que algunos representantes parecen convencidos de que el poder les pertenece, que pueden administrarlo según sus conveniencias y que la gratitud de quienes reciben ayuda debe transformarse en respaldo político.

El transfuguismo encuentra terreno fértil precisamente en ese modelo. Cuando un proyecto político deja de estar sostenido por principios, programas y compromisos colectivos para depender de liderazgos individuales, cambiar de partido puede terminar siendo poco más que un cambio de estrategia para conservar influencia.

Y cuando la necesidad de la gente se transforma en una herramienta para sostener esa influencia, la democracia pierde una parte esencial de su sentido.

No se trata de defender ciegamente a los partidos políticos, que también deben revisar sus prácticas, democratizar sus decisiones y asumir responsabilidades por los dirigentes que promueven. Se trata de comprender que la representación no puede quedar reducida a una relación personal entre quien tiene poder y quien necesita algo.

La banca no es una propiedad privada. La ayuda social no es un favor que deba agradecerse con obediencia. Y los ciudadanos no son deudores políticos de quienes circunstancialmente ocupan un cargo público.

Tal vez ese sea el debate más importante que deja el caso de Nancy Miranda.

Porque el verdadero problema no es solamente que un dirigente cambie de partido. Es que, en el camino, terminemos aceptando que los principios son negociables, que las necesidades pueden administrarse políticamente y que el poder es una herramienta para construir dependencias personales.

Una democracia madura necesita representantes libres para pensar, pero también responsables frente a quienes los eligieron. Necesita instituciones fuertes, no dirigentes imprescindibles.

Y, sobre todo, necesita ciudadanos que puedan reclamar sus derechos sin tener que agradecer favores.

Porque cuando la política convierte la necesidad en dependencia y la representación en un patrimonio personal, lo que se debilita no es solamente un partido: es la democracia misma