NACIONALES: El consumo en caída libre.

Cuando la economía se ajusta, el changuito se vacía.

Un nuevo informe revela que las ventas en supermercados están casi un 16% por debajo de las de 2023. Detrás de las estadísticas aparece una realidad que millones de argentinos conocen: los salarios que no alcanzan, los gastos fijos que crecen y las familias que cada vez deben elegir más cuidadosamente qué comprar.

La economía nacional suele explicarse a través de grandes números: inflación, déficit fiscal, superávit, reservas y crecimiento. Sin embargo, existe otra manera de medir cómo marcha un país, mucho más cercana a la vida cotidiana: observar cuánto pueden comprar sus habitantes con el dinero que reciben cada mes.

Un informe de la Fundación Encuentro, difundido este 8 de octubre, revela que las ventas en supermercados durante los primeros siete meses de 2026 fueron un 15,8% inferiores a las del mismo período de 2023, descontando el efecto de la inflación. La caída alcanza a las 24 jurisdicciones argentinas.

Los datos oficiales también reflejan dificultades. Según el INDEC, las ventas de supermercados acumularon una disminución real del 2,7% entre enero y julio de este año respecto de igual período de 2025.

¿Qué significa esto? Que no se trata simplemente de gastar más pesos para comprar lo mismo, sino de que efectivamente se están comprando menos productos.

¿Por qué se compra menos si la inflación bajó?

Esta es una de las grandes contradicciones que perciben muchas familias. La desaceleración de la inflación significa que los precios aumentan a un ritmo menor, pero no que hayan vuelto a bajar.

Al mismo tiempo, una parte cada vez más importante del presupuesto familiar se destina a gastos que prácticamente no pueden evitarse: electricidad, combustible, transporte, medicamentos, educación y servicios.

El informe aporta un dato revelador: aunque el salario privado registrado se mantuvo relativamente cerca de su poder adquisitivo de noviembre de 2023 cuando se lo compara con la inflación general, frente a los precios de los servicios y otros gastos regulados perdió entre un 27,5% y un 38,3% de su capacidad de compra, según la región.

Es decir, aunque un trabajador consiga acompañar aproximadamente la inflación promedio con su salario, puede disponer de mucho menos dinero después de pagar sus obligaciones mensuales.

Y allí aparece la relación entre la macroeconomía y la economía del hogar.

El Gobierno nacional sostiene como pilares de su política económica el equilibrio fiscal, la reducción del gasto público y el control de la inflación. Pero la estabilidad de las cuentas nacionales no garantiza, por sí sola, una recuperación inmediata del poder de compra de las familias.

Cuando los gastos esenciales absorben una porción mayor del ingreso, el ajuste termina trasladándose a las compras cotidianas.

El problema no termina en cada hogar

En las pequeñas localidades, esta situación adquiere una dimensión particular. Cuando una familia reduce sus compras, también vende menos el almacén, la carnicería, la tienda o el comercio del barrio.

Si el comerciante vende menos, tiene menos posibilidades de reponer mercadería, invertir, contratar personal o mejorar los salarios. Ese menor movimiento afecta a otros trabajadores y actividades, generando un círculo de retracción económica que puede alcanzar a toda la comunidad.

El informe también advierte que el empleo asalariado privado registrado disminuyó en 22 de las 24 jurisdicciones entre noviembre de 2023 y abril de 2026, otro factor que ayuda a explicar por qué el consumo no logra recuperarse.

La realidad muestra que no alcanza con mirar cuánto crece una economía en términos generales. También importa cómo se distribuyen sus resultados y cuánto dinero disponible queda realmente en los bolsillos de quienes trabajan, producen y consumen.

Porque una cosa es ordenar las cuentas del Estado y otra, igualmente importante, es conseguir que esa mejora se traduzca en condiciones de vida más favorables.

En definitiva, detrás de la caída del consumo hay mucho más que una estadística económica. Hay familias que cambian marcas, postergan compras, reducen cantidades o recurren al crédito para sostener gastos indispensables.

Y hay una pregunta que empieza a imponerse por encima de cualquier indicador macroeconómico: ¿de qué sirve que mejoren los grandes números de la economía si esa recuperación todavía no llega a la mesa de los argentinos?